Historia de un lugar llamado Capanema en un Brasil que no es Brasil

Había una vez un pueblo brasileño llamado Capanema. Bueno, miento, en realidad se trataba de una pequeña ciudad con cerca de quince mil habitantes que se ubicaba en el sur del país. Era una ciudad joven, de apenas sesenta años de edad, que en sus orígenes fue fundada por alemanes e italianos que emigraron hacia 1945 a causa de la guerra que se sucedía en el cotinente europeo.

¿Dónde?

Capanema se ubicaba en el estado brasileño del Paraná y muy cerquita, a escasos veinte kilómetros, se encontraba la frontera con Argentina. ¿Que si hablaban español en Capanema? Ni un poquito. Pero si te acercabas al estado vecino de Misiones, ya en el país argentino, podías escuchar a personas que hablaban un español extraño que ellos llamaban portuñol.

Clima

En Capanema pocos días dejaba de llover porque su clima tropical apenas daba tregua y, es que, no era como España: allí la estación seca no existía. Otear el horizonte capanemense era cerciorarse, una vez más, de que todo lo que te rodeaba era una masa de siempreverde. Las calles y las casas rasgaba ese paisaje mullido de árboles por doquier. Y al fondo, bajo la neblina azulada, los campos de soja bañaban los valles del Paraná.

Capanema
Una mañana capanamense en el que las nubes nos dieron una tregua y pudimos disfrutar de estas vistas.

Allá el sol salía a las cinco de la mañana y se ponía a las nueve de la noche. Las horas parecían alargarse al ritmo de una canción lenta de esas que les gusta bailar a los capanamenses, agarraditos y con sentimiento. La vida de la ciudad comenzaba entonces, con las primeros cantos de algún gallo extraviado en algún jardín cercano. Las primeras tiendas abrían sus puertas en la calle principal mientras que el tráfico rodado ya ensordecía el devenir tranquilo de esta pequeña ciudad.

Estilo de vida

Los habitantes de Capanema vivían al día, a su ritmo, sin prisa, cada cosa a su tiempo y si no es a su tiempo, ya se haría. Los capanamenses, aunque no me gusta generalizar, no ahorraban y preferían disfrutar de su sueldo diario en el momento. ¿Una cerveza (después de otra) al terminar el día de trabajo? Claro, por qué no. ¿Que había que pagar facturas, la casa, el coche, el gimnasio, las deudas que se acumulaban? Ya habría tiempo de hacerlo.

Capanema
Por qué ahorrar para comprar otro camión si se puede arreglar con cuatro tablas, ¿verdad?

Además, los capanemenses gustaban de sentarse en los porches de su casas hacia las seis de la tarde, cuando el sol parecía más débil, para disfrutar de un mate caliente o de un fresquito tereré. Muchos también transportaban sus sillas hasta la plaza de la ciudad para comenzar con ese ritual que es compartir una cuia de mate. Horas y horas pasaban hasta que, ya con la noche encima, levantaban sus campamentos para ir a cenar.

Las calles de Capanema, a excepcción de las principales, eran de piedra y arena. Ellos llamaban a esta arena “la tierra colorada” (sobre todo en Argentina, donde este color tiñe hasta el alma) por el color rojizo de su tintura producido por el óxido de hierro que contenía. En esta tierra cultivaban soja, maíz, caña de azucar y tabaco; y si cruzabas la frontera una vez más, todo se convertía en una inmensa plantación de yerba mate.

Flora y fauna

De los árboles de Capanema colgaba enormes mangos rosados, tan maduros que al caer al suelo infestaban las calles de un olor un tanto molesto. ¿Se comían? Había tantos que los capanemenses ignoraban esta deliciosa fruta dejándola pudrirse en el suelo. De vez en cuando, algún que otro argentino, con la carretilla en mano, recogía los mangos de los árboles para poder disfrutar de ellos en su país donde, por desgracia, tenía un precio demasiado elevado.

Capanema
Mangos como este colgaban a millares de los árboles de Capanema… ¡y pensar que aquí son un fruto exótico!

A las afueras de Capanema se podía disfrutar de la belleza de la selva y los secretos que esta escondía. El río Iguazú fluía por un cauce inmenso hasta desembocar en el río Paraná, no sin antes caer por las feroces fauces de la Garganta del Diablo allá en la Argentina. Pequeñas cascadas en mitad de la selva decoraban este paísaje húmedo y verde que es el Paraná brasileño resguardando del ser humano animales como el coatí, el lagarto o la capibara.

Desde la propia Capanema se podía disfrutar de uno de los atardeceres más bellos, con nubes rojizas y rosadas, que parecían anunciar el fin del mundo. Reflejado en las aguas del río Iguazú se convertía en un espectáculo único digno de ver y que jamás olvidaré.

Capanema
Las fotografías no hacen justicia a la belleza de este momento mágico.

Conclusiones

Encontrar lo extraordinario dentro de lo ordinario es un ejercicio fácil cuando no esperas nada del destino al que uno se dispone a conocer. Me ha hecho falta un mes para compreder que las rutinas suceden en todos los lugares, que nada es extraordinario en su lugar de origen y que, al final, todo se reduce a una cosa: la curiosidad.

Lo que para nosotros es extraordinario y peculiar, para otros es su día a día. La curiosidad ha hecho que pequeños gestos y costumbres ajenas a mi día a día hagan de este lugar tan especial sin serlo. No había grandes construcciones erigidas milenios atrás; tampoco prestigiosos museos ni lugares destacados en famosas guías de viaje.

Esto era, simple y llanamente, Capanema.

Capanema
La calle empedrada con la tierra colorada, los árboles por doquier y el cielo azul que ha protagonizado este viaje.

 

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