Reflexiones rumanas

Hay lugares y lugares, es obvio. Yo hablo de esos países que te resultan lejanos de imaginar; de esos que tienes tantos prejuicios que cuando llegas te cuesta reconocer que estabas equivocada. Hay lugares que te dan una lección de ética en el momento en el que plantas pie en tierra. Y eso es lo que me pasó cuando viajé por Rumanía.

A mí me ocurrió la primera. Lo reconozco, y creo que todos deberíamos hacerlo: tengo prejuicios, y muchos, con ciertos países que visito o que quiero visitar. Seamos serios, vivimos en un mundo manipulado por los medios de información. Nos bombardean con estímulos negativos hacia ciertas culturas y pueblos. No sabemos nada, aunque pensamos que lo sabemos todo por el simple hecho de estar pegados a una pantalla que nos habla sobre todo y al mismo tiempo sobre nada.

Rumanía
Las caras de mis compañeras de viaje son todo un poema después de ver el tren que nos iba a llevar a Brasov. El tren también fue todo un poema.

Creemos que conocemos el mundo cuando nos asomamos a las noticias internacionales y nos cuentan los malvados que son algunos y lo buenos que somos nosotros. En Occidente tenemos la hipocresía y la falta de autocrítica como seña de identidad. ¿Qué pasaría si revisáramos cada uno de nuestros valores?

Muchas personas critican a las turistas o viajeras. No sé si hablan desde la ignorancia o desde la envidia, pero lo que sí sé es que viajar les haría cambiar de opinión sobre el mundo. El ser humano es un ser sociable y, por mucho que nos intenten convencer desde los medios de masas, no somos tan malos como nos pintan. Toda muestra de maldad no es más que un producto de una sociedad que nos incita a ello. La desconfianza, los prejuicios y la inseguridad. Todo forma parte de este sistema.

Rumanía
Vistas desde uno de los balcones del castillo de Bran. La verdad que ahora lo pienso y mereció la pena solo por esto.

Para mí Rumanía supuso descubrir que existe otro modo de viajar; que no siempre has de ir cómodo en un tren turista; que a veces es mejor dejarse querer por los lugareños y aceptar que los prejuicios no son más que barreras que te impiden descubrir otros mundos y culturas. ¿De qué sirve viajar, entonces?

Rumanía fue nuestro último destino en aquel Interrail de 2012. Llegamos la primera noche a Sighisoara desde Budapest en un tren nocturno — un tren de lo más cómodo —. Esta ciudad está ubicada en la región de los Cárpatos transilvanos. He de decir que cuando vas a un país a ciegas, sin haberte documentado antes sobre el mismo pueden ocurrir dos cosas: que te sorprenda gratamente o que te defraude estrepitosamente. A mí me ocurrió lo primero.

Rumanía
Plaza de Brasov. Según parece, la Transilvania es la parte más alemana de Rumanía.

Sentirte parte de una de las ciudades de leyenda más conocidas de la historia literaria — por eso de ser el lugar de nacimiento de Vlad Tepes, quien luego inspiró a Bram Stoker en su Drácula — es sin duda un plus reconocible, pero si además añadimos el entorno natural en el que está ubicada todo mejora considerablemente.

Para mí Rumanía — o más bien la Transilvania — es una cuenta pendiente que tengo en mi lista de lugares a los que volver. Hay países que se visitan porque sí, porque son visita obligada. Otros en cambio nadie los pone en su lista de “por ver” y realmente merecen mucho más la pena por el golpe de realidad que propinan en tu vida.

Rumanía
La subida al centro histórico de Sighisoara es muy curiosa. Cuestas llenas de casitas y tiendecitas.

Nuestra visita por Rumanía solo nos permitió —por el tiempo que teníamos marcado— visitar Sighisoara, Brasov y Cluj Napoca. Si la primera ciudad fue todo un descubrimiento la segunda no fue menos. Es cierto que visitamos Brasov por ver el famoso castillo de Drácula que al final terminó siendo un fracaso con todas las letras. Nos enteramos gracias a otros viajeros que había muchos castillos del mismo estilo y mucho más interesantes por toda la región y que, a pesar de venderte todo lo contrario, ese castillo ni fue de Vlad Tepes ni tiene nada que ver con él. Pero de los errores se aprende y gracias a esto descubrí un nuevo filón.

Las distancias en un país como Rumanía son tan extensas y tan largas que resulta casi imposible no fijarse en el paisaje. A pesar de todo, los viajes son interminables por los transportes —como el famoso tren de la muerte— pero merece la pena vivir la experiencia.

Rumanía
El centro de Sighisoara es una cucada. Lleno de casas pequeñas, callejones, arquitos y torres de arquitectura típica.

Porque sentirte parte de un ambiente totalmente ajeno a lo que conoces es una sensación que de verdad merece la pena. Y sea en un tren que parece que se cae a trozos, en un autobús ridículamente pequeño o en un taxi donde intentes regatear con el conductor. No importa, da igual. Todo esto forma parte de ese país que te está mostrando su lado más cercano.

Rumanía merece la pena y yo volveré a pisar tierra transilvana tarde o temprano.

¿Y a ti? ¿Qué país te ha hecho disipar cualquier prejuicio que tenías?

Coméntamelo más abajo 🙂

 

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2 comentarios en “Reflexiones rumanas

  1. ¡A mí Rumanía también! He estado viviendo en Bucarest durante el pasado año y me ha enseñado a viajar sin esperar nada (ni bueno, ni malo) y así dejar que el lugar me sorprenda.
    Rumanía es una auténtica joya de Europa y me siento afortunado de poder confirmarlo 😀

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