Mosquitos, autostop y una ruta memorable por la Toscana

Sucede que a veces las cosas no salen tan bien como las planeas. Puedes preparar las cosas en el albergue donde te hospedas al milímetro: cada ruta, cada tren, cada fotografía… Esa noche estás tan nerviosa que no puedes dormir dando vueltas de un lado a otro. Y es que, por fin vas visitar uno de los lugares que más ganas tienes de conocer: la Toscana.

La Toscana, paraíso de encanto, de romances veraniegos, de películas siesteras, de amarillos y cipreses. ¿Qué os voy a contar? Hay parajes por el mundo que son testimonios del paso del tiempo, aunque a simple vista en la Toscana no sabes si te encuentras en este siglo o en el pasado. Vistas infinitas de páramos que se ondulan con el suave movimiento de la brisa vespertina sobre los campos de trigo. Las sombras alargadas de los cipreses sobre caminos polvorientos que te acercan a villas de encanto. Es que no estoy idealizando, la Toscana es eso.

Ese día nos despertamos en Florencia, nerviosas. No es fácil llegar a los pueblos perdidos de la Toscana si no tienes su propio coche. Finalmente, tomamos un tren en la estación Campo di Marte que nos llevó hasta Siena. Ay, Siena, qué tesoro más bien cuidado que tienen los italianos; qué envidia de sus habitantes. Desde allí viajamos hasta la estación de Montepulciano, craso error. Parece que esa fue la señal de que el día no iba a ser como habíamos planeado.

Dos chicas, una española y una mexicana, viajando solas por la Toscana, perdidas en una estación desértica y rodeadas de pueblerinos italianos. ¿Qué podía salir mal?

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Entrada con parra en Montepulciano

La susodicha estación parecía conectar con la zona, pero no con el pueblo. Esta se encuentra a unos escasos kilómetros de Montepulciano y, por alguna razón que desconocemos, no había servicio de autobuses. Intentamos entablar conversación con dos hombres que descansaban bajo la sombra de un árbol. Después de idas y venidas, fracasos en la conversación, llamadas telefónicas y un poco de desesperación, logramos que uno de ellos nos acercase al pueblo en coche a cambio de una cantidad de dinero que no recuerdo.

El trayecto se hizo más largo de lo esperado. Nos preguntó si teníamos novio. Le respondimos que sí. Me sentí nerviosa y no recuerdo demasiado del trayecto. Pero recuerdo perfectamente la llegada, la hermosa puerta de acceso al centro histórico de Montepulciano, y la levedad de mi cuerpo cuando salí de aquel coche y me sentí a salvo. Cosas de ser mujer y sentir la adrenalina por tu cuerpo. Siempre alerta, Adri.

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Una bodega en Montepulciano, que luego resultó ser la bodega de Mario

Italia parece vaciarse cuando llega agosto. Creo que la invasión de turistas como nosotras en verano hace que los habitantes huyan. Las ciudades que visité en Italia durante este mes parecían ciudades fantasmas. Algún turista más por allí, algún trabajador por allá. Pero poco más. Así fue en Montepulciano.

Miércoles, cinco de agosto de dos mil quince, dos y cuarto de la tarde, 38º a la sombra. Ni un alma por la calle. Decidimos comer un trozo de pizza que nos supo a gloria. Después volvimos a salir junto al sol abrasador para hacerle un poco de compañía en esa ciudad sin gente. Montepulciano tiene cien mil cuestas empedradas, casas de mampostería que me recordaron un poco a los pueblos castellanos, solo que estas tenían contraventanas verdes y miles de flores rojas en sus balcones. Puertas con arcos de medio punto, ventanas con entablamentos clásicos, entradas con parras recorriendo las fachadas y de fondo, los cipreses y los campos de viñas.

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Vistas desde lo más alto de Montepulciano.

Pero nuestro viaje no había terminado. No queríamos irnos de allí sin ver Pienza, la joya de la corona. Cuando estudié en la carrera el Renacimiento, uno de los temas más importantes era el diseño de ciudades basadas en el ideal humanístico. Pienza es considerada el primer ejemplo de planeamiento urbanístico. Para mí visitar Pienza fue un defecto de historiadora; tenía que verlo con mis propios ojos y confirmar lo que siempre había estudiado. Es como ir al Museo del Prado y no ver Las Meninas, pues lo mismo. Ir a la Toscana sin visitar Pienza para mí carecía de sentido.

Bajamos a la estación de autobuses. No estoy segura de si perdimos el bus o es que ese día no había una línea regular. Solo sé que tuvimos que esperar demasiado en el bar de la estación, tomando una Coronita a la sombra. Calor, cerveza y buena compañía. Todo parecía haber salido bien.

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Calle desierta de Montepulciano. Se puede apreciar el tipo de arquitectura típica.

Llegar a Pienza después del viaje en autobús fue un alivio. Pero el panel de información sobre horarios nos dio una mala noticia. Ese bus que veíamos irse y en el que habíamos venido era el último. El último autobús que nos llevaba de vuelta a Siena acababa a las seis de la tarde. Y nosotras le despedimos con una mirada de desesperación.

¿Qué íbamos a hacer? Volvimos a preguntar en información y nos confirmaron lo que ya sabíamos. Estábamos aisladas en Pienza. La primera opción era quedarse a dormir en Pienza desembolsando una gran cantidad de dinero. La segunda opción no existía. Pero estábamos allí, en la ciudad que más queríamos visitar. ¿Qué íbamos a hacer? Visitarla.

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Encontré cientos de puertas como estas entre Montepulciano y Pienza.

Al contrario que Montepulciano, Pienza es plana. Sus calles son anchas, de losas de mármol, lujosa. Todas las personas que no habían visitado Montepulciano estaban en Pienza. Eran las seis y ya estaban cenando, comiendo helados, paseando por sus calles. Sus palacios parecen sacados de la misma Florencia, como el Palazzo Piccolomini, que tanto me recordó al Palacio Rucellai de Alberti. El Duomo es otro ejemplo de arquitectura renacentista. Y sus calles, otro lugar donde perderse entre flores de un rojo chillón y contraventanas de ese verde característico. La recorrimos, hicimos fotos y nos olvidamos durante unos minutos de que estábamos allí encerradas a 117 kilómetros de Florencia.

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El palacio Piccolomini de Pienza rodeado de gente.

No había más remedio. Debíamos volver cuanto antes y como fuese. No teníamos más opción que armarnos de valor y levantar el dedo pulgar en la carretera de salida. No había hecho nunca nada parecido, no sabía cómo se hacía ni qué iba a pasar. Pero éramos dos chicas solas y a simple vista, turistas. Pararon algunos coches que no podían llevarnos hasta Siena donde queríamos tomar el tren hasta Florencia. No nos desanimamos. Seguimos esperando y llegó. Un hombre nos dejó subir y nos acercó hasta un pueblo a medio camino entre Pienza y Siena y del que no recuerdo el nombre. Allí volvimos a la carretera y de nuevo, probamos suerte. Y llegó Mario.

Nos había visto en Montepulciano. Era dueño de una bodega en el pueblo y nos había visto pasear. Nos reconoció y paró sin pensárselo dos veces. No sabéis la alegría que nos dio este hombre. Decidió llevarnos hasta Buonconvento, según él, el pueblo más feo que había por la zona, pero donde podíamos coger el tren hasta Florencia. Estábamos encantadas con el aire acondicionado, con su inglés perfecto, con su conversación respetuosa y divertida. Paramos a medio camino para observar y fotografiar el atardecer de la Toscana desde algún que otro mirador. Y, cuando llegamos, y por mucho que insistimos, no aceptó ni un céntimo.

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Dicen que los quesos son algo típico de Pienza. A mí me gustó el escaparate.

Y sí, Buonconvento es feo. Pero nosotras lo hicimos bonito. Aún teníamos tiempo y el atardecer estaba esperándonos. Fue una de esas situaciones que no sabes si aparecen para compensarte la cadena de sustos y despropósitos del día. De un día que no sabes si ha sido bueno o malo porque aún no lo has podido digerir. Nos fuimos a un campo de girasoles, nos metimos hasta la cintura en zarzales y disfrutamos de uno de las puestas de sol más bonitas y agradecidas que he vivido jamás. Nuestras cámaras no dan fe de ello, pero a mí me ayudan a no olvidar jamás uno de los días más cansados y estresantes de mi vida, pero también de los más emocionantes y vibrantes.

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Atardecer en Buonconvento, visto desde un campo de girasoles plagado de mosquitos hambrientos.

Al día siguiente estábamos como en una nube. Habíamos pasado tantas aventuras juntas que poco más nos hacía falta para completar nuestro viaje en Italia. El hecho de que durante aquel momento mágico entre girasoles una docena de mosquitos decidiera chuparme la sangre, tampoco me importó tanto (en realidad sí, lo pasé fatal durante el resto del viaje; conté cerca de treinta picaduras y no os miento).

Después de escribir esto solo puedo sentirme agradecida por aquel día en el que descubrí tantas cosas. Vi paisajes que no había observado nunca, conocí personas que jamás hubiese conocido de no ser por atreverme a romper lo planeado, me sentí valiente al levantar ese dedo pulgar y más fuerte al llegar al destino y ver que nada malo había pasado.

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Las dos protagonistas de esta historia, brindando por un poco de fresquito en medio de tanto calor.

¿Y tú? ¿Cuál fue tu primera experiencia en autostop? Cuéntamela en los comentarios 😉

Aquí te dejo un enlace con otra experiencia haciendo dedo en soliario: Mi primera vez haciendo autostop sola de Dejarlo todo e irse

También puedes mirar el itinerario que hice durante este viaje: Itinerario de Interrail por Italia, Alemania y Dinamarca en 34 días

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2 comentarios en “Mosquitos, autostop y una ruta memorable por la Toscana

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