Itinerario e impresiones de mi viaje por los Balcanes

A finales de mayo, nos colgamos la mochila al hombro (bueno, me la colgué yo, que soy fiel defensora del atuendo de mochilera total) y nos embarcamos rumbo a Dubrovnik, ya que era la forma más barata de llegar a Bosnia. Estuvimos 12 días, el día que fuimos estuvo prácticamente perdido porque llegamos casi sin dormir, y el día que nos fuimos otro tanto de lo mismo, con las ganas ya de llegar a casa y meter todo en la lavadora – yo incluida -.

Solo teníamos alojamiento para Dubrovnik (para evitar tener que pagar más de la cuenta) y Sarajevo, así que nuestro itinerario surgió sobre la marcha, y fue:

Itinerario por los Balcanes de 12 días

  • Día 1: Madrid – Dubrovnik
  • Día 2: Dubrovnik – Kotor – Dubrovnik
  • Día 3: Dubrovnik
  • Día 4: Dubrovnik – Sarajevo
  • Día 5: Sarajevo
  • Día 6: Sarajevo
  • Día 7: Sarajevo – Belgrado
  • Día 8: Belgrado
  • Día 9: Belgrado – Sarajevo
  • Día 10: Sarajevo – Mostar
  • Día 11: Mostar – Dubrovnik
  • Día 12: Dubrovnik – Madrid – Burgos
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Panorámica de Sarajevo desde la fortaleza blanca

Me encantó sentirme libre, sin ataduras, sin tener que llevar las cosas reservadas de antemano, y poder cambiar el viaje a nuestro antojo. De hecho, nuestra idea inicial era visitar Bosnia y Croacia, atravesando la frontera lo más cerca posible de Split y recorrer la costa croata entre Split y Dubrovnik. Sin embargo, lo que vimos en Dubrovnik (la masificación, la falta de vida local, el turismo agresivo…) no nos gustó nada, y decidimos poner rumbo a Bosnia y decidir allí cuál sería nuestro siguiente destino.

Bosnia, el paraíso

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Hram Svetog, el templo ortodoxo más importante de Belgrado

En Bosnia, nos encontramos con que muy poca gente habla inglés, por un lado, y con que apenas hay información sobre cómo moverte en transporte no privado. Sin duda, la opción en Bosnia es alquilar un coche para poder recorrer pueblitos, ríos y parques naturales (Bosnia, para mí, ha sido todo un descubrimiento, tanto en paisajes como en sociología). Pero como nuestra apretada economía no nos permitía ese desembolso, y los transportes llevan su tiempo (casi todas las carreteras son nacionales, y aunque están en buen estado, la orografía y lo escarpado del terreno hacen que los viajes sean a un ritmo más pausado), decidimos que la mejor solución en ese momento era ir hasta Belgrado, la capital de Serbia.

Belgrado, impresionantemente viva

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Las mejores vistas de Belgrado se obtienen desde la torre Gardos, en Zemun.

Belgrado nos mostró un panorama completamente distinto a Bosnia. Para empezar, es una gran, gran ciudad (Sarajevo no llega a los 400.000 habitantes, por más de millón y medio de Belgrado), donde casi todo el mundo habla en inglés o lo intenta, y donde necesitas moverte en transporte público para poder visitarla y conocerla. Por otro lado, el paisaje pasa de montañas y ríos azules a pueblitos y zonas rurales con grandes extensiones de cultivo. Y, por supuesto, su visión de la guerra de Bosnia es totalmente diferente a la de sus vecinos.

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Parlamento Serbio en Belgrado

A la vuelta, intentamos regresar a Dubrovnik sin tener que pasar por Sarajevo de nuevo (aunque yo me enamoré de la ciudad, y estaba deseándolo), pero pasar 15 horas en un autobús a Mostar nos parecía demasiado (los autobuses no están acondicionados para pasar noche, a diferencia de lo que otras veces he experimentado en países como México o Colombia), y la opción de atravesar la frontera por Kosovo estaba prácticamente descartada, ya que todavía el conflicto que aún persiste hace que las autoridades serbias no reconozcan el sello de Kosovo, y podíamos tener más que problemas.

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El símbolo de Sarajevo, la fuente Sebilj, en Baščaršija.

Nuestro regalo de Sarajevo

Así que acabamos regresando a Sarajevo sólo para dormir, en lo que se convirtió en una vivencia mágica. Nuestros alojamientos siempre fueron casas de gente local (excepto Dubrovnik, donde es casi imposible), que enriquecieron mucho nuestro viaje al contarnos su visión de la vida, de la guerra, de Yugoslavia… En este caso, lo que nos encontramos fue una pareja de unos 50 años que vivieron el sitio de Sarajevo (nada menos que 4 años). Ellos sólo hablaban bosnio, nosotros sólo español o inglés. Pero para transmitir emociones a veces no se necesitan palabras. Y eso fue lo que pasó. Recuerdo esa cena que nos ofrecieron y esa charla que compartimos como el regalo más valioso de Bosnia.

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Crkva Svetog, una de las grandes iglesias ortodoxas de Belgrado

Y, finalmente, Mostar

Mostar nos despidió de Bosnia con más historias personales, con un paisaje idílico y con un lugar lleno de recuerdos de la guerra. Mostar es muy bonito, sí, pero además su historia es bastante dramática. Por si no fuera suficientemente dura la guerra contra los serbios, una vez vencidos, musulmanes bosnios (bosniakos) y bosnios croatas católicos se liaron entre ellos. Así que el resultado es que la ciudad está dividida en dos, la sociedad está dividida en dos, y el conflicto no ha hecho sino recrudecerse.

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Increíbles vistas de Mostar desde su simbólico puente

Se me hace imposible empezar a escribir sobre el viaje y ponerle un fin a la narración. Es que no puedo. Son tantas las cosas que me vienen a la cabeza, tantos matices que tengo que contar, tanto que acabo simplificando para no dar más aún la chapa, que siento que al final no cuento nada. Por eso, creo que lo mejor es que vayáis, que descubráis la realidad de unos países de los que no conocemos apenas nada, pero de los que tenemos mucho que aprender. Lugares que no dejan a nadie indiferente, que te golpean con su dosis de realidad y con sus ganas de vivir, lugares donde puedes disfrutar como los locales, lugares llenos de vida y dinamismo, que tratan de cerrar las heridas de un pasado, aunque todavía estén abiertas.

 

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